4 mar. 2010

Conciencia anti-corrupción

Hoy en día, en las sociedades modernas, la corrupción se ha transformado en una de las mayores amenazas para los regímenes democráticos, puesto que su práctica transgrede las normas y valores éticos que hacen posible la existencia y preservación de un orden social justo.
Actos como el abuso de autoridad, el soborno, la malversación o el tráfico de influencias, entre muchos otros, se han llevado a cabo en prácticamente todos los países, precisamente por quienes ejercen o han ejercido algún tipo de poder público o económico.
Lo mismo en países desarrollados que en vías de desarrollo –aunque en proporciones diametralmente diferentes, por supuesto–, las conductas corruptas aparecen con más frecuencia que en años anteriores; de ahí que la gravedad del problema demande la atención de todos los Gobiernos.
En nuestro caso, como en el de la gran mayoría de las naciones latinoamericanas, factores como la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades para el desarrollo individual y colectivo repercuten directamente en la moral cívica de las personas, y fomentan el círculo vicioso de la corrupción, que ahuyenta la inversión, bloquea el crecimiento económico y pauperiza todavía más a quienes menos tienen.
En ese sentido, para combatir la deshonestidad y la arbitrariedad derivadas de ese lastre, hay que trabajar arduamente en la prevención, control, supervisión y sanción de cualquier conducta irregular o al margen de la ley no sólo de los servidores públicos, sino de los venezolanos en general, pues respetar y hacer respetar las normas jurídicas establecidas en Nuestra Carta Magna es una responsabilidad que nos compromete a todos.